
Poco aprecio se le ha tenido a Andrew V. McLaglen por su actividad dentro del western en los años 60 y primeros 70, quizá haya pesado demasiado sobre él, al igual que sucede con su homólogo Burt Kennedy, el hecho no ya de intentar emular el cine de los grandes maestros clásicos del género sino de seguir aferrados a una manera de realizar cine considerada por aquella época poco menos que caduca, normalmente en películas hechas en función del lucimiento de sus veteranos protagonistas y que siempre se mostraban agradables en sus resultados y transparentes en sus ideas.
La soga de la horca fue así su última colaboración junto a John Wayne, máxima estrella del género que también produjo el film con su compañía Batjac según parece con la intención de justificarse ante sus hijos adolescentes que no entendían su forma de ser y las diferencias de actitud que el vacío generacional produce. Y es desde esta óptica desde donde se aprecian los mayores logros de la película y los apuntes más interesantes que la salvan de integrarse en el cajón de las mediocridades y poder pertenecer a ese grupo de películas medianas que sin la repercusión de las obras maestras o incluso de los buenos films, hacen grande al género.
Así, McLaglen configura un microcosmos donde los adultos son negligentes y están obsesionados con su trabajo, despreocupándose de unos adolescentes confusos y que quieren jugar a ser hombres en un mundo para el que no están preparados y que les puede resultar contradictorio y chocante en sus demostraciones, detalle eficazmente captado por McLaglen en su puesta en escena, esta vez ya a medio camino entre el clasicismo repudiado por sus coetáneos y las nuevas maneras de los 70. Así, McLaglen refleja eficientemente situaciones que tanto a él como a Wayne seguramente se debieron enfrentar durante aquellos años: renovarse o morir, aceptar lo que nos imponen las convenciones dominantes del momento o seguir fiel a sí mismo.
También, en cuanto al mundo de confusión al que se ven abocados los jóvenes aporta apuntes que no cargan las tintas como otros films más celebrados de la época, sino que se limita a presentar unas causas y unas consecuencias, la poca atención de los padres hacia sus hijos lleva al vacío referencial que seguir. La falta de un padre, de un modelo que les guíe en la vida (básicamente lo que es en esencia la función de la paternidad) hace que estos vayan a la deriva y por su ingenuidad puedan ser fácilmente maleables.
Quizá por todo ello John Wayne se haya convertido en un mito y siga siendo tan celebrado tantos años después de su muerte, por haber sido una clara referencia para millones de estadounidenses, y por reaccionario que pueda parecer todo lo explicado, no es menos cierto que en buena medida se tenga razón con ello. Así, el Duke (con una matizada interpretación, como siempre a estas alturas, y excelentemente respaldado por un pletórico George Kennedy, sin olvidar a los secundarios habituales: Brand, Windsor, Carey, Coogan, Dano, Fix…), intentaba paradójicamente hacer ver a sus hijos el modelo de rectitud que era para muchísima gente, un modelo de rectitud y de ser fiel a ti mismo del que sin duda participaba McLaglen.
FICHA TÉCNICA
Director: Andrew V. McLaglen.
Productor: Michael A. Wayne, para Banjac/Warner Brothers.
Guión: Harry Julian Fink, Rita M. Fink; basado en una historia de Barney Slater.
Fotografía: Joseph Biroc.
Música: Elmer Bernstein.
Montaje: Robert L. Simpson.
Coordinador de especialistas: Chuck Roberson.
Intérpretes: John Wayne (J. D. Cahill), George Kennedy (Abe Fraser),
Nacionalidad y año: Estados Unidos, 1973.
Duración y datos técnicos: 98 minutos. 2.35:1. Panavision. Technicolor.




Excelente blog, felicidades.
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Espero que os guste la recomendación.
Ya iba tocando una de tu alter ego.
ResponderSuprimirGracias Duke.
Sau2